La habitación está inundada de invierno. Sé que siempre lo digo, que siempre empiezo de esta forma, pero es que es cierto, lo está. Así que abriré mi paraguas y seguiré escribiendo como si nada. Pero, ¿sobre qué escribir? No tengo ni idea. He llegado huyendo, resoplando y sudoroso, me he arrancado la ropa a bocados, he gemido, graznado, me he golpeado con las prisas. He encendido el portátil y, mientras arrancaba, me he dedicado a vigilar a través de las rendijas para comprobar que me habían seguido. Entonces, cuando el sonido extraño en el techo, me he sentado y he comenzado a mover los dedos sobre las teclas, de forma frenética y suave, borrando a toda prisa cada dos líneas, como siempre. Fingir que al fin he encontrado eso que yo y sólo yo puedo contar es, en cualquier caso, la única manera que tengo de refugiarme. Pero lo cierto es que no tengo ninguna historia original para ti, seas quien seas, lector o lectora. Lo confieso. Y puedes imaginarte lo violenta que resulta esta situación para mí. Es como si ambos nos hubiéramos metido por casualidad en una caja pequeña, algo más grande de lo que podría ser una tumba doble, y nos hubiéramos encontrado sin más, uno frente al otro. Más concretamente: como si tú fueras avanzando por la ciudad y de repente te sorprendieran, en mitad del asfalto, unas ganas irremediables de olvidarte de todo. Miraras alrededor y vieras un sucio cartel donde se anuncia el espectáculo. Se trataría de un local cercano, de mala reputación, lo sabes. Y sin embargo, te metieras de lleno, con expresión ausente y algo de impaciencia vibrando en las manos. Por otra parte, como ya te he comentado, yo andaría huyendo de algo, no sé de qué, pero es algo que siempre está ahí, en la penumbra que rodea mis ojos. Y entonces, como surgiendo de la obscuridad misma, alguien me ofrece la posibilidad de ganarme algo de pasta por contar una historia cualquiera, la que sea. Yo acepto sin pensármelo, no por el dinero, sino por la posibilidad de escaparme de mi propia fuga durante un rato. Así que me hace unas preguntas, yo le respondo que sí, que estoy preparado, me cuenta de qué va el asunto y yo no le hago ni caso. Después me empuja por el lóbrego corredor y de pronto estoy en la tumba y te encuentro de bruces, mirándome fijamente, con atención, a la espera de que ocurra algo. No dices nada, pero sé perfectamente lo que estabas pensando cuando entré. A ver qué me cuenta este tío. Y te entiendo, créeme. He estado en tu situación. El caso es que carraspeo y te digo, con un brillo de franqueza en los ojos, si es que eso es posible: mira, sinceramente, no tengo nada para ti. Y, repentinamente, todo es más incómodo. Pero aquí seguimos los dos, juntos en una caja angosta y oscura, de paredes curvas, resecas y óseas, como si en realidad estuviéramos en el interior de un cráneo y estas palabras estuvieran sonando dentro de alguien. Más o menos es eso. Por supuesto, sólo se trata de una metáfora. Tú estás leyendo las palabras que yo he ordenado, nada más. Pero podríamos admitir que se asemeja un poco. Estamos tan cerca que puedes escuchar mi respiración y tan cerca que el uno está dentro del otro. Sí, ya sé. Es una putada que no tenga nada preparado, porque, al fin y al cabo, no se está nada mal en medio de esta nada, ¿verdad? Tú sigues ahí, mirándome en silencio, leyéndome, y justo en este preciso instante me digo, a modo de reprimenda, golpeándome con la mano en la frente, me digo: vamos, tío, improvisa algo, joder, es tu oportunidad. Di lo que sea, pienso, al menos algo para que no se agobie, para que no le de un ataque de claustrofobia, uno de esos típicos ataques que les da a la gente en ascensores y féretros cuando todo lo demás es silencio. De modo que te devuelvo la mirada, imposto la voz y te suelto lo primero que se me ocurre: la habitación está inundada de invierno.
martes, 21 de julio de 2009
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